Web MAPYA
Web MAPYA



Ponencias

LA SOCIEDAD RURAL EN ANDALUCIA

Eduardo Moyano Estrada
Instituto de Estudios Sociales de Andalucía (IESA)
Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Córdoba

Desde hace dos décadas, la agricultura y el mundo rural de Andalucía vienen experimentando importantes transformaciones en los ámbitos económico-productivo y sociocultural. Algunas de ellas son resultado de su propio dinamismo interno, mientras que otras han sido impulsadas por los cambios socioeconómicos, culturales y políticos que, a nivel más amplio, tienen lugar en nuestro entorno europeo. Aunque tales transformaciones están en consonancia con las tendencias que se observan en otros países, presentan en Andalucía singularidades que deben ser tenidas en cuenta a la hora de definir las políticas futuras en nuestra Comunidad Autónoma (ver Cuadro nº 1).

UNA AGRICULTURA INTEGRADA EN EL TERRITORIO

Desde el punto de vista económico, la agricultura continúa siendo un pilar fundamental para el desarrollo del sector agroalimentario andaluz y un elemento de gran importancia para el equilibrio territorial y la dinamización de las zonas rurales de Andalucía. Las transformaciones experimentadas por la agricultura andaluza en el terreno productivo, con importantes aumentos de productividad, convierten al sector agrario andaluz en un sector imprescindible para el desarrollo de las industrias agroalimentarias. Asimismo, la amplia extensión de la actividad agraria en el conjunto de la región la convierten en una actividad necesaria para el mantenimiento de un mundo rural vivo y dinámico en Andalucía. Sin embargo, la creciente liberalización del comercio internacional y la progresiva reducción de las tradicionales políticas proteccionistas crean un nuevo marco de referencia en la agricultura andaluza, obligando a los agricultores y sus organizaciones profesionales y cooperativas a modificar sus estrategias. A ello, se unen los cambios en las demandas de los consumidores y las mayores exigencias en el terreno de la calidad y seguridad de los alimentos, así como en el de la protección del medio ambiente, cambios que plantean a los agricultores el reto de la innovación y la competitividad, un reto que ha de afrontarse aprovechando las oportunidades que les ofrecen los avances experimentados en el campo de la tecnología y las nuevas orientaciones de la política agraria reflejadas en la Agenda 2000 europea (ver Cuadro nº 1).

UNA SOCIEDAD RURAL DIVERSA Y PLURAL

Desde el punto de vista social, y en consonancia con los cambios económico-productivos antes señalados, la sociedad rural de Andalucía presenta una profunda heterogeneidad interna, observándose en ella formas diversas de percibir el actual proceso de cambio y actitudes distintas ante el mismo. De todos los elementos que caracterizan en la actualidad a la sociedad rural andaluza, tal vez el de mayor importancia sociológica sea el de la creciente complejidad de su estructura social. Diversos factores, vinculados al contexto de cambios antes mencionado, convergen para hacer de la sociedad rural andaluza una sociedad compleja y diferenciada en la que junto a los actores tradicionales ligados a la actividad agraria (agricultores, asalariados agrícolas y sus distintas formas asociativas) actúan grupos de intereses no agrarios que imprimen un nuevo dinamismo y perciben de modo diferente los procesos de cambio en curso.

Los agricultores andaluces, entre la pasividad y la innovación

Tal como han puesto de manifiesto algunos trabajos de investigación referidos al contexto de la UE, pero cuyas conclusiones pueden aplicarse de un modo más específico a Andalucía, el proceso de cambio que experimenta la agricultura como sector de actividad y los agricultores como grupo social, está teniendo lugar a través de diversas rupturas (demográficas, territoriales, ambientales, alimentarias,…) que cuestionan con más o menos radicalidad el sistema de referencia económico y social que les ha servido de guía en las últimas décadas. Si bien ese proceso de cambio crea también nuevas oportunidades, la primera impresión es que los agricultores están inmersos en una fuerte crisis de identidad, acompañada de una buena dosis de incertidumbre y desconcierto. No obstante, y aunque éste sea un sentimiento bastante generalizado entre los agricultores, se observa que, en lo que se refiere a Andalucía, a la hora de afrontar los problemas que les afectan, sus respuestas no son homogéneas, sino que suelen estar marcadas por la pluralidad, reflejando con ello la realidad de una estructura social agraria, como la andaluza, cada vez más compleja y diferenciada. De ahí que el nuevo marco de oportunidades que les ofrece el actual contexto de cambio sea percibido e interpretado de modo diferente por los agricultores andaluces, siendo también diferentes sus respuestas dependiendo de variables como la posición social y económica del agricultor, la estructura de sus explotaciones, su hábitat de residencia o sus orientaciones productivas. Tres tipos de respuesta pueden destacarse en los agricultores andaluces: pasiva, conservadora y activa (o innovadora) (ver Cuadro nº 2).

Los pequeños agricultores, a la búsqueda de un equilibrio de rentas

De un lado, se encuentra un sector de pequeños agricultores -formado por titulares de explotaciones familiares poco competitivas- que han logrado un cierto equilibrio gracias a la combinación de distintas fuentes de renta: las que provienen de la actividad desarrollada en su explotación agraria; las que derivan de las ayudas directas de la PAC; las que proceden de la pluriactividad realizada por los miembros de la familia como asalariados en la agricultura o en otros sectores; y las que proceden de las distintas prestaciones sociales del Estado (pensiones, subsidios de desempleo, ayudas asistenciales,...). Para este grupo -que desempeña un papel fundamental en el dinamismo y vitalidad de muchas zonas rurales andaluzas y que sería condenado a la exclusión si se aplicara sin correcciones en esas zonas el modelo agrícola centroeuropeo-, el actual contexto de cambio les ofrece nuevas oportunidades en la medida en que el poder público continúe estando presente a través de sus políticas de intervención, ya que sin tales mecanismos de protección difícilmente podrían reproducirse socialmente como agricultores. Su percepción del cambio no puede decirse que sea traumática, ya que su situación actual no es peor que la que tenían en anteriores situaciones, donde la emigración era su principal salida. Su actitud ante el cambio es, no obstante, una actitud pasiva, limitándose a confiar en la continuidad de las diversas políticas públicas (ver de nuevo Cuadro nº 2).

Los agricultores conservadores, en pos de las ayudas directas

De otro lado, se encuentran agricultores con explotaciones de tamaño medio y grande, que se limitan a seguir una estrategia conservadora de recogida de las subvenciones públicas provenientes de la PAC, subvenciones que, junto a los ingresos obtenidos por la venta de sus producciones en el mercado, les ha venido garantizando su reproducción social con el mínimo coste y sin apenas riesgo. El carácter traumático del cambio para este grupo radica en la perspectiva, cada vez más real y cercana, de que tales subvenciones se recorten e incluso desaparezcan, y en la amenaza con que viven la apertura de los mercados, una apertura para la que no se sienten preparados. La actitud de este grupo es una actitud conservadora, que se refleja en el repliegue corporativista que experimenta para defender derechos adquiridos (ver de nuevo Cuadro nº 2).

Los agricultores emprendedores, a favor del riesgo y la innovación

Finalmente, junto a este segundo grupo marcado por el conservadurismo, se observa un grupo innovador de agricultores -reclutado de los diferentes segmentos de la estructura social agraria-, que viene introduciendo cambios importantes en sus explotaciones. Así, encontramos agricultores que optan por nuevas orientaciones productivas -por ejemplo, cultivos bioenergéticos o destinados a la industria textil o farmacológica- y que aprovechan las oportunidades que les ofrecen las nuevas tecnologías para mejorar la gestión de sus explotaciones. También encontramos agricultores que desarrollan actividades no agrarias en sus explotaciones (turismo rural, cinegética, forestación, granjas escuela, etc) como fuentes complementarias de renta en el marco de las nuevas políticas de desarrollo rural. Asimismo, se observan interesantes iniciativas de agricultura sostenible en la utilización de los recursos naturales, ya sea con el fin de explotar de forma más equilibrada los suelos agrícolas, o con la finalidad de utilizar de modo más racional los insumos químicos reduciendo los costes de producción. Este sector innovador se muestra consciente de la complejidad de los cambios que experimenta la agricultura y de su nueva posición -ya no hegemónica- en las agendas públicas, respondiendo a ese contexto con actitudes no corporativistas ni de repliegue e involución, sino de apertura a las nuevas oportunidades que se les ofrece. Más que protección, reclaman del sector público información y formación para ayudarles a adaptarse a la nueva situación de mercados abiertos, así como incentivos para abordar proyectos de reconversión en sus explotaciones (ver de nuevo Cuadro nº 2).

Los asalariados agrícolas, entre la asimilación y la reconversión

Junto a los agricultores y en estrecha relación de dependencia con ellos, se encuentra un importante sector de asalariados agrícolas, tradicionalmente caracterizado por mostrar una fuerte cohesión en torno a la reivindicación de tierras y la reforma agraria, pero que hoy presenta importantes elementos de diferenciación interna y muestra actitudes y respuestas diferentes respecto al nuevo contexto de cambios. Por un lado, encontramos un tipo de respuesta orientada a estabilizar su situación en el mercado laboral, mediante el aprovechamiento de las oportunidades surgidas en los distintos sectores productivos accediendo a contratos fijos o discontinuos y asimilándose con los asalariados del régimen general. Por otro, encontramos un segundo tipo de respuesta tendente a aprovechar los sistemas de protección social en los que se combinan los subsidios y los planes públicos destinados a fomentar el empleo en las zonas rurales. Por último, se encuentra un tercer tipo de respuesta protagonizada por los que optan por itinerarios de emigración temporal según la estacionalidad de las labores agrícolas, una opción que, si bien ha sido característica de los asalariados agrícolas andaluces, ahora está siendo protagonizada cada vez más por los trabajadores inmigrantes (ver Cuadro nº 3).

La población no agraria, entre el dinamismo y la oportunidad

Pero la población rural de Andalucía no sólo está formada por agricultores y asalariados, sino también por nuevos actores económicos impregnados de una cultura empresarial diferente de la que ha guiado tradicionalmente a los agricultores (ver Cuadro nº 4)

Son actores económicos que o bien mantienen una relación directa o indirecta con la agricultura (como los empresarios y directivos de las industrias agroalimentarias, los propietarios de talleres de maquinaria, los que trabajan en empresas de servicios o los vendedores de fertilizantes y pesticidas) o bien son profesionales autónomos que se instalan en el mundo rural aprovechando las oportunidades que les ofrece las nuevas tecnologías y los avances en el terreno de la comunicación. Tanto en unos casos como en otros, lo común a todos ellos es que perciben el cambio que acontece en el mundo rural de Andalucía con una mirada distinta de la tradicional, demandando de los poderes públicos políticas que remuevan los obstáculos que se oponen al aprovechamiento de las nuevas oportunidades que el actual proceso de cambio genera.

Además de lo anterior, es cada vez mayor la importancia que juegan en el mundo rural andaluz actores económicos y sociales inducidos por las políticas públicas. Por un lado, los actores ligados a los programas de desarrollo rural, que se han erigido en nuevos líderes locales y en un elemento de gran importancia para fomentar y canalizar las nuevas iniciativas empresariales que surgen al amparo de esos programas. Por otro lado, se encuentran los actores ligados a las políticas del Estado de Bienestar (sanidad, educación, servicios sociales), que se han convertido en sectores dinámicos del mundo rural debido a su cada vez mayor presencia en los pueblos andaluces.

Finalmente, la consideración de las funciones de ocio y recreativas de los espacios rurales de Andalucía promueve también la presencia de una población de origen fundamentalmente urbano (residentes en periodos de vacaciones o de fin de semana, excursionistas, practicantes de senderismo y deportes de naturaleza,...), que, al tiempo que recuperan antiguas tradiciones del folklore rural, acaban imponiendo pautas de comportamiento típicas de la cultura urbana (ver Cuadro nº 4).

Todo este panorama refleja una sociedad rural andaluza llena de pluralidad y en la que coexisten grupos sociales diversos, que perciben de modo diferente el actual proceso de cambio y que muestran actitudes también diferentes ante el mismo. En un contexto sociocultural caracterizado por la autosuficiencia alimentaria, por el avance de valores postmaterialistas en la población, por la demanda de un modelo de desarrollo sostenible, por la reafirmación de lo local frente a la globalización y por la necesidad de reorientar el papel del Estado del bienestar, los espacios rurales andaluces son definidos de modo plurifuncional

Ello tiene importantes efectos sobre los principios que han de inspirar la reforma de las políticas públicas y más particularmente de la política agraria, una política cuya finalidad de explotar con fines alimentarios los recursos naturales ha sido su fuente de legitimidad. En el nuevo contexto, la política agraria ha de buscar una nueva legitimidad para que los agricultores puedan seguir recibiendo recursos públicos; la generación (o no destrucción) de empleo, la equidad en la distribución de las ayudas, la cohesión social y territorial, la calidad de los alimentos y su contribución a la ordenación del territorio y la protección del medio ambiente, son algunos elementos que emergen en los debates sobre el futuro de las políticas agrarias y de desarrollo rural.

LA NECESIDAD DE LAS POLÍTICAS PÚBLICAS

La capacidad de los distintos grupos sociales para acceder a los recursos ofrecidos por el nuevo marco de oportunidades es diferente de unos a otros, dependiendo de su posición socioeconómica y del lugar ocupado en la estructura social. De ahí que el contenido y orientación de las políticas públicas destinadas a regular la sociedad rural andaluza, tenga una importancia fundamental, ya que puede reforzar las desigualdades ya existentes o remover los obstáculos que se oponen al acceso de los grupos en situaciones más desfavorecidas a los recursos disponibles. El cierre social de las mujeres residentes en el medio rural, las dificultades de incorporación de los jóvenes a la titularidad de las explotaciones agrarias, la desigual posición de los pequeños agricultores y de la población asalariada agrícola respecto al mercado laboral, los problemas de la población que reside en zonas de montaña o en hábitats dispersos para acceder a servicios y equipamientos o los problemas de endeudamiento de las explotaciones familiares modernizadas, son situaciones que muestran cómo el aprovechamiento de las oportunidades que ofrece el actual contexto de cambios depende, en gran medida, de factores estructurales que deben ser removidos por la intervención de los poderes públicos mediante políticas regidas con criterios de equidad.

No obstante, la pluralidad de la sociedad rural andaluza exige de los poderes públicos respuestas también diversificadas para canalizar las diferentes demandas que surgen de su seno, si bien esa diversificación de las respuestas debe estar enmarcada en una visión integral de los problemas de la agricultura y el mundo rural de Andalucía. La responsabilidad de los poderes públicos radica en integrar tales demandas en políticas coordinadas, que remuevan los obstáculos que se oponen a los agricultores y demás actores de la sociedad rural andaluza, para permitirles aprovechar las oportunidades que se les presentan.

La agricultura y las actividades no agrarias que se desarrollan en el mundo rural de Andalucía están estrechamente relacionadas, existiendo una fuerte complementariedad entre ambas y una intensa interacción entre agricultores y no agricultores en los pueblos andaluces. Por ello, parece conveniente que las actuaciones en materia de agricultura se coordinen con las integradas en los programas de desarrollo rural, de forma que ambas converjan en el objetivo final de avanzar en la modernización de la agricultura y el mundo rural de Andalucía. Sería una modernización diferente a la abordada en los años sesenta y setenta: reflexiva, en tanto que previsora de sus efectos sobre el medio ambiente y el territorio y guiada por los nuevos paradigmas del desarrollo sostenible y la multifuncionalidad, e incluyente, en tanto que capaz de integrar a todos los grupos sociales que coexisten en el mundo rural andaluz convirtiendo la pluralidad y diversidad en su principal patrimonio.

La doble dimensión agraria y rural de esta nueva modernización ha de plasmarse en el terreno político impulsando desde la Consejería de Agricultura y Pesca un doble pacto: un pacto por la modernización y la competitividad de la agricultura (en el que las organizaciones profesionales agrarias, las federaciones de cooperativas, los sindicatos de asalariados y las industrias agroalimentarias deben jugar un importante protagonismo, aunque sin exclusividad), y otro por el desarrollo sostenible del mundo rural (en el que el protagonismo debe corresponder a las corporaciones locales, los grupos de desarrollo rural, el movimiento ecologista y demás expresiones asociativas de la sociedad civil).

Es en ese contexto donde debe incluirse el debate sobre la reforma de la PAC, sobre la desaparición del PER y sobre la continuidad de los programas Leader y Proder. Estas políticas son fundamentales para el bienestar de los pueblos rurales de Andalucía: la PAC, por ser fuente importante de ingresos para los agricultores; el PER, por su contribución a la protección de los trabajadores eventuales agrícolas, y los programas Leader y Proder por su función dinamizadora de nuevas iniciativas en el medio rural. Son tres instrumentos esenciales para, con las debidas reformas, utilizarlos con el propósito de asegurar el modelo de equilibrio territorial que constituye uno de los grandes patrimonios de Andalucía. Adecuadamente utilizados y con las reformas pertinentes pueden continuar siendo ejes fundamentales del desarrollo si permiten favorecer el dinamismo que hoy se observa en nuestras zonas rurales y potenciar las iniciativas que surgen de la sociedad civil. De lo contrario, sólo servirían para consolidar inercias, desigualdades y actitudes conservadoras, que es necesario erradicar de Andalucía si queremos afrontar los retos futuros.

En definitiva, en un contexto de cambios como el actual, marcado por la diversidad de las demandas y la pluralidad de los intereses que confluyen en el mundo rural andaluz, las políticas también se deben diversificar, reformulándose las viejas políticas agrarias orientadas exclusivamente hacia la regulación de los mercados y emergiendo nuevas políticas orientadas a regular las múltiples funciones de los espacios rurales. Nuevas y viejas políticas, nuevos y viejos actores, conviven en este periodo de transición, dándole a la sociedad rural andaluza un dinamismo sin precedentes, un dinamismo que ofrece una nueva estructura de oportunidades a sus distintos grupos sociales en la Andalucía del nuevo siglo.

subir