| Ponencias
SISTEMAS DE PRODUCCIÓN
GANADEROS:
SITUACIÓN ACTUAL Y PERSPECTIVAS
Prof. Dr. Eduardo
Zorita.
Facultad de Veterinaria. Universidad de León
1. INTRODUCCIÓN Y PRESENTACIÓN
Considero que, para hablar del presente y atisbar
el futuro de la Ganadería en Castilla y León,
es preciso, en primer término, partir de ideas y conceptos
claros compartidos por los participantes en esta jornada de
reflexión. Ello es especialmente importante en el caso
de esta ponencia ya que la actividad ganadera abarca realidades
muy diversas y que pertenecen a mundos conceptuales distintos.
Hablar de producciones animales extensivas e intensivas conjuntamente,
sería lo mismo que agrupar en la misma disciplina a
la Entomología y a la Ornitología, por el hecho
de que tanto los insectos como las aves son, generalmente,
animales alados. La ganadería extensiva y la intensiva
difieren en sus orígenes, en sus métodos, en
sus planteamientos, en sus categorías mentales y en
buena parte de sus objetivos. Lo único que tienen realmente
en común es la utilización de algunas especies
animales.
En segundo lugar, en mi opinión, es
imposible describir y comprender adecuadamente la situación
actual sin tener en cuenta cómo se ha llegado a donde
estamos ahora, cómo se han desarrollado los procesos,
entre otras cosas, para saber qué soluciones se han
ido dando por parte de las generaciones que nos ha precedido
en el territorio que con ellos compartimos.
No se puede pensar en el futuro sin conocer
e interpretar el pasado correctamente, dado que la producción
animal, para bien en muchos casos y para mal en otros, está
ligada al medio natural indisolublemente y este “medio
natural” es esencialmente el mismo ahora que hace mil
años. Los mismos ríos discurren por las mismas
cuencas, las mismas sequías nos azotan periódicamente
y las mismas nieves cubren las mismas cumbres.
En tercer y último lugar, quiero dejar
sentado que, a mi juicio, la situación del medio rural
en nuestra Comunidad es de una gravedad tal que puede compararse
a la que debió vivirse cuando se sucedían, año
tras año, las campañas victoriosas de Almanzor
en nuestra región. Nos estamos jugando no solo el nivel
de vida durante unos decenios sino que, lo que realmente está
en juego, es la verdadera “sustancia” del país.
Comarcas enteras tienen unos parámetros demográficos
que están por debajo de lo que se considera el “umbral
de recuperación”.
Quiero, también inicialmente, “mostrar
mis cartas”, no como un ejercicio de petulancia –que
sería especialmente ridículo a mi edad- sino
con la finalidad de proporcionar mejores elementos de juicio
a tan destacada audiencia. Creo que mis “argumentos
de autoridad” en este tema serían los siguientes:
1) He sido durante mi niñez y adolescencia pastor de
cabras, ovejas y vacas en mis montañas de Burgos (Sierra
de la Demanda). 2) He vivido bastantes años en otros
países europeos y trabajado durante 6 en el Centro
Federal de Investigaciones Agrarias de Alemania y puedo, por
tanto establecer comparaciones. 3) He sido catedrático
de Genética y Alimentación Animal y explicado
ambas disciplinas durante decenios. Ello no supone ningún
mérito especial por mi parte, dado que así eran
las cátedras y los planes de estudio. Pero ese hecho,
ahora impensable, me ha permitido, en cierto modo, una visión
binocular de los problemas ganaderos. 4) Por último,
mi edad me ha permitido asistir como testigo presencial a
los enormes cambios que han tenido lugar tanto en Europa,
como en España y muy especialmente en Castilla y León
durante los últimos 70 años. Pudiera tener,
por tanto, una visión dinámica de las transformaciones
habidas en los sistemas de producción animal, más
difícil de lograr para una persona más joven.
2. EL MARCO CONCEPTUAL
2.1. Los Agroecosistemas
Siguiendo a Odum –aún cuando
simplificando su descripción, para ajustarla al marco
de esta ponencia-, se pueden distinguir en la Biosfera tres
tipo de ecosistemas:
Ecosistemas naturales basados exclusivamente en la energía
solar. Los lagos, los océanos, los bosques autóctonos
de las zonas templadas y frías, las selvas tropicales,
la sabana, los desiertos, etc. constituyen ejemplos bien
conocidos. En ellos, una fracción de la energía
solar incidente es captada por los seres autótrofos
(fotosíntesis) y acumulada por ellos en forma de
materia orgánica, de forma que la energía
radiante se transforma en energía química
de enlace. Esta materia orgánica es utilizada por
los consumidores primarios reteniendo en sus organismos
una fracción de la energía acumulada por los
atótrofos. El ejemplo más conocido y simple
es el de las especies herbívoras. Los consumidores
primarios constituyen a su vez el alimento de otras especies:
los consumidores secundarios (por ejemplo los carnívoros),
los que su vez pueden constituir la base alimenticia de
otros consumidores terciarios, que en su turno, serán
descompuestos por los seres saprotrofos, cerrándose
así la cadena alimeticia y devolviendo al ecosistema
la energía y la materia.
Los agroecosistemas. Para comprender la naturaleza
de estos sistemas hay que tener bien presente el significado
de lo que se ha llamado la Revolución Neolítica.
El hombre, cuya existencia en forma análoga a la
nuestra como Homo sapiens sapiens, tiene una existencia
que, desde los descubrimientos de la cueva de Atapuerca,
se remonta –al menos- a algunos centenares de miles
de años, vivió integrado hasta hace unos seis
a diez mil años (e incluso hay tribus que al parecer
no han tenido precisión de superar esta etapa todavía)
en estos ecosistemas naturales con una característica
peculiar, que aún conservamos afortunadamente: la
de ser capaz de consumir alimentos vegetales y animales
de tipo muy diverso, por lo que podía obtener su
energía a muy diversos niveles de las cadenas tróficas,
sin alterarlas en todo este largo periodo de recolector-cazador-pescador.
La revolución neolítica supone,
como el nombre indica, un cambio radical: el hombre modifica
las cadenas tróficas en su beneficio, incrementando
el flujo de energía que hace llegar a su boca. Este
hecho portentoso se logra favoreciendo a algunas especies
vegetales y animales, por él seleccionadas y modificadas
y la eliminación de las especies competidoras, de
forma que logra un aporte nutritivo que no sólo basta
para alimentar a las personas implicadas en el mantenimiento
de estos ecosistemas modificados, sino que origina excedentes
que aprende a almacenar y conservar y que permiten la aparición
de nuevas clases sociales y desde los núcleos urbanos.
Estos sistemas naturales así modificados son los
agroecosistemas y que básicamente han permanecido
inalterados en la fundamental hasta el siglo pasado –y
en muchas partes del planeta hasta bien avanzado el siglo
actual- porque, como luego veremos, representan un nuevo
tipo de equilibrio que tiende a la permanencia indefinida
–como los ecosistemas naturales- de los que se diferencian
esencialmente en que el hombre con su trabajo, o con el
trabajo de los animales que ha domesticado al efecto, realiza
una aportación energética al sistema, distinta
de la energía solar.
Ecosistemas urbanos e industriales. Son estos
sistemas implantados por el hombre y que tienen dos características
definitorias. Por una parte, el flujo energético
no es de energía solar, sino a partir de energía
fósil, y, por otra son sistemas parasitarios de los
sistemas naturales y de los agroecosistemas. Los unos para
realizar la labor de depuración de la contaminación
que originan en el aire y en las aguas y, los otros, para
abastecerlos de alimentos y fibras. A este tipo pertenecen
las formas intensivas de producción animal.
2.2. La Agricultura y la Ganadería
Intensivas
Según los estudiosos de las civilizaciones
humanas, el siglo pasado contempla la aparición,
en el mundo occidental inicialmente, de la revolución
industrial que supone un cambio, no menos dramático
que el que supuso el nacimiento de la agricultura y de la
ganadería hace diez mil años. La ciencia moderna
hace posible el desarrollo tecnológico, ejemplificado
por la aparición de las máquinas y los motores.
Ello permite nuevas formas de producción y de comercio,
que dan lugar a cambios profundos en la estructura de las
sociedades desarrolladas. No es de esto de lo que debemos
ocuparnos aquí, evidentemente. Sí debemos
ocuparnos de la aplicación de la agricultura y a
la ganadería de las tecnologías y, sobre todo,
de las formas de pensamiento propias del capitalismo, surgido
de con la revolución industrial.
En realidad esta aplicación tiene lugar muy recientemente,
claramente en este siglo y, por lo que a nuestro país
respecta, no hace todavía cincuenta años.
Los principios son bien simples: se trata de obtener el
máximo beneficio, en el menor tiempo posible, concentrando
los medios de producción y mecanizando y racionalizando
los procesos, para incrementar constantemente el rendimiento
productivo.
Tanto en lo que se refiere a la producción
vegetal, como en lo que respecta a la producción
animal, la intensificación ha comenzado siempre por
una fase de mejora genética: la obtención
de razas, estirpes, variedades, líneas o clones aptos
para adaptarse a la “industrialización”.
Recordaremos dos ejemplos paradigmáticos, uno referido
a la producción vegetal, el otro a la producción
animal. En las décadas de los años treinta
y cuarenta se “crearon” nuevas variedades de
maíz, de arroz y de trigo, cuya característica
esencial era el enorme rendimiento. Las plantas fueron modificadas
reduciendo las partes “inútiles”, de
forma que la energía derivada de la fotosíntesis
se acumulase en las partes comestibles para el hombre. El
éxito inicial de estos cultivos dio lugar a una ola
de optimismo generalizado, que hizo creer que el hambre
desaparecería del mundo en breve plazo.
Claro está que por todo hay que pagar
un precio. Este tipo de plantas son poco resistentes a las
plagas, compiten mal con las especies competidoras y exigen
elevados niveles de fertilización. Todo ello conduce
al uso creciente de plaguicidas, herbicidas y fertilizantes,
todos ellos requiriendo un enorme consumo de energía
fósil. Al mismo tiempo, esos nuevos compuestos y
moléculas sintetizados por la industria química,
se difunden en el medio contaminando tierras, aguas subterráneas,
etc.etc. Conviene recordar cómo la alarma se generaliza
cuando se descubre que algunos de estos compuestos –es
el caso del DDT- aparecen en la fauna antártica y
están presentes en la leche de todas las mujeres
lactantes del mundo.
Para la producción animal, el ejemplo
más didáctico puede ser el de la avicultura
industrial. Los avances en la genética vegetal, por
selección recíproca recurrente, se aplicaron
al finalizar la segunda guerra mundial a la avicultura,
con resultados no menos espectaculares. Las líneas
híbridas de ponedoras y de pollos de carne fueron
el punto de partida de la producción intensiva de
huevos en enormes naves, con los animales hacinados en baterías,
en un ambiente regulado en cuanto a temperatura, luz y humedad,
mecanizado hasta el extremo, donde por una parte entra el
agua y el pienso y por otra salen huevos y deyecciones.
Esto es algo nuevo. Esto es una factoría de producción
de huevos. Naturalmente también en este caso el precio
que hay que pagar es el enorme consumo de energía
y la generación de enormes masas de deyecciones,
que no pueden ser recicladas en los agrosistemas convencionales
y que dan lugar a la contaminación atmosférica,
del suelo y de las aguas con metales pesados, fármacos
etc.
El tipo de agricultura intensiva, que hemos
descrito someramente, la llamada “revolución
verde” es lo que ha hecho surgir como reacción
ante sus efectos medioambientales, las nuevas expresiones
de “agricultura sostenible” lo mismo que en
la producción animal ha quedado el concepto de “ganadería
sostenible” que, naturalmente, portadas como estandarte
por los movimientos ecologista, constituyen, desde hace
unos años, el centro de discusión en el campo
de la producción agraria.
2.3. Producción Animal
y Agricultura Sostenibles
En 1983 la Brandt Commission partiendo de
los incrementos en la población humana y en los niveles
de vida, que implican mayor consumo de alimentos más
variados, señaló la necesidad de incrementar
la producción de alimentos, pero al mismo tiempo
advirtió del impacto, que la creciente presión
sobre las superficies cultivables, estaba originando sobre
la fertilidad de los suelos y la degradación de los
ecosistemas. Incluso antes, en 1981 la FAO había
calculado que, para el año 2000, el 25% de todas
las superficies cultivables en los países en desarrollo
precisarían costosas medidas para la conservación
del suelo y de las aguas.
Por lo que a Europa se refiere a Política
Agraria Común (P.A.C.) de la Comunidad Europea tuvo,
desde su creación en 1956 hasta 1989, dos objetivos
fundamentales: mantener la población y la sociedad
rural en países altamente industrializables y hacer
la Comunidad autosuficiente en muchos alimentos animales
y vegetales. Estos objetivos, merced, por una parte, a los
avances científicos y técnicos y, por otra,
a una política de mantenimiento de diferenciales
entre costos y precios, tuvo en términos generales,
tal éxito que dio lugar a un enorme problema de excedentes
y de conservación de stocks (la “montaña
de mantequilla”, por ejemplo) Por ello, en 1889 la
Comisión de la C.E. adoptó un cambio en la
política fijando como objetivo la sostenibilidad.
Del mismo modo, numerosos organismos internacionales (IUCN,
WWF, UNEP, 1991), abogan por una “sociedad sostenible”
y países tan desarrollados como Nueva Zelanda o los
Estados Unidos, promulgaron leyes para fomentar la investigación
y el desarrollo al servicio de la “Agricultura Sostenible”.
Evidentemente, dado el peso científico
y político de los países anglosajones y la
universalización creciente del idioma inglés,
la palabra “sustainable” se ha generalizado
y, entre nosotros, se ha traducido –por similitud
fonética, snobismo y pereza mental- por la expresión
“Agricultura Sostenible”. En inglés la
sostenibilidad se define como “una característica
de un proceso o estado que pueden ser mantenidos indefinidamente”.
A mí me parece que el nombre más adecuado
en castellano para expresar el concepto de “sustaibability”
es el de perdurabilidad. Nosotros debiéramos decir
propiamente “Agricultura Perdurable”. En nuestro
idioma decimos “es un argumento insostenible”.
Pero aquello que está concebido y es utilizado con
la idea de permanecer en el tiempo, de perdurar, se llama
perdurable. Un edificio de piedra sólidamente construido
es un edificio “perdurable”. En todo caso, a
mi juicio, más inadecuado todavía que sostenible,
el adjetivo “ecológico” aplicado a la
agricultura o a la ganadería. Y ello es así
porque es un adjetivo neutro, que no indica nada sobre la
naturaleza del sistema agrícola a que se refiere.
En sentido estricto todos los sistemas de producción
vegetal o animal forman parte del un ecosistema, cualesquiera
que sea el sentido en el que actúan dentro del mismo.
En un sentido figurado se sobreentiende que ecológico
es lo que no es perjudicial para los ecosistemas naturales
y sólo así se puede hablar de “bayetas
ecológicas” o “lavadoras ecológicas”,
pero de ahí aplicarlo a procesos tan complejos como
la agricultura, que constituyen por sí mismos en
ecosistema, media un abismo.
Volviendo a la Producción Animal,
que sin duda es el centro de nuestra atención, debemos
dejar bien sentado que, desde el punto de vista ecológico,
los sistemas intensivos, cuya génesis hemos señalado
previamente y los sistemas tradicionales, cuyos orígenes
también hemos situado en el contexto de la evolución
humana, son dos especies diferentes que pertenecen a dos
“géneros ecológicos” distintos
y que nunca pueden, por tanto, ser estudiados conjuntamente.
Desde el punto de vista conceptual, los sistemas intensivos
se rigen por las leyes de la Producción industrial
y tiene a su favor: a) el ser muy eficientes; b) poderse
ajustar a la demanda de los consumidores: c) proporcionar
productos homogéneos, para satisfacer los requerimientos
de la distribución y comercialización a gran
escala. Sin embargo, presentan las características
de: d) consumir mucha energía fósil (en ocasiones
hasta 20kJ por kJ en el alimento obtenido); e) ser extraordinariamente
contaminantes, como muy bien han estudiado Uds. a lo largo
de este curso y f) ser de naturaleza efímera, es
decir, no están concebidos para la perdurabilidad
(son difícilmente sostenibles)
Los sistemas extensivos, tradicionales o
convencionales de producción animal se caracterizan
esencialmente por formar parte de un ecosistema natural
modificado por el hombre (es decir, un agroecosistema) y
tienen como objetivo la utilización del territorio
de una manera perdurable, o sea, están sometidos
a los ciclos naturales, mantienen siempre una relación
amplia con la producción vegetal del agroecosistema
de que forman parte y tienen, como ley no escrita, la necesidad
de legar a la generación siguiente los elementos
del sistema tanto inanimados como animados e incluso los
construidos por el hombre, en un estado igual o superior
que los que se recibieron de la generación precedente.
Estos sistemas de producción perdurables
tienen, -como sus antagonistas los sistemas intensivos o
efímeros- ventajas e inconvenientes. Tienen a su
favor: 1) requerir un escaso aporte de energía fósil
(en ocasiones se requiere 0,1 kilojulio o menos para obtener
1 kilojulio de alimento en la mesa del consumidor) 2) contribuyen
a mantener los agroecosistemas de los que forman una parte
esencial; 3) contribuyen a mantener los agroecosistemas
naturales del entorno (biodiversidad, etc.); 4) en climas
áridos o simiáridos como los nuestros contribuir
al mantenimiento de la cubierta vegetal, es decir, evitar
la erosión, 5) prevenir los incendios forestales
mediante el control arbustivo, la reducción de biomasa
combustible, etc.etc. Naturalmente, en contraposición
son: 6) menos eficientes, 7) no pueden ajustarse fácilmente
a la demanda de los consumidores y, 8) no pueden proporcionar
productos tan homogéneos como solicita la distribución
y el mercado de las grandes superficies comerciales.
3. EVOLUCIÓN HISTÓRICA
DE LOS SISTEMAS DE PRODUCCIÓN ANIMAL
3.1. Modelo Tradicional o del
Antiguo Régimen (1200-1836)
La ganadería española ha experimentado
en los últimos mil años una evolución
que muestra tres etapas netamente diferenciadas, sin cuyas
características –verdaderamente peculiares-
es, a mi juicio, imposible tener una visión clara
y lograr una interpretación del pasado y del presente.
Existió un largo y fecundo periodo que se podría
denominar”tradicional o del antiguo régimen”
en el que surgieron y se consolidaron sistemas de producción
animal cuya originalidad y complejidad organizativa estuvieron
basadas en su adaptación asombrosa a las condiciones
orográficas, edáficas y climatológicas
de la península ibérica. Estos sistemas tradicionales,
que hunden sus raíces en el periodo neolítico,
abarcaron en extensión prácticamente a toda
la superficie peninsular y su núcleo esencial es
la utilización de la formidable diversidad ibérica
mediante una aplicación tenaz y consecuente del principio
de complementariedad, a tres niveles: complementariedad
interregional (trashumancia), complementariedad intercomarcal
(sistema riberiego o transterminancia) y complementariedad
local (sistema de veceras o constitución de agrupaciones
o rebaños comunales de forma estacional y transitoria).
El Honrado Concejo de la Mesta de Castilla y León,
la Casa de Ganaderos de Zaragoza, el Ligallo de Albarracín,
el Sistema de Bordas cantábrico y los Baqueiros de
Alzada de Asturias, la tradición trashumante de los
pastores vascos, que abarcó tanto Iparralde como
Hegoalde, demuestran la universalidad ibérica del
fenómeno y de las soluciones.
En todo caso hay que constatar que estos
sistemas tradicionales deben ser considerados objetivamente
como un éxito muy sobresaliente. Lograron, en primer
lugar, establecer un sistema que garantizó –por
primera vez en Europa- una alimentación adecuada
del ganado durante todo el año. Sobre esta base fue
posible, en segundo lugar, establecer y consolidar desde
el punto de vista genético una serie de razas, en
las principales especies domésticas, sobresalientes
por su nivel de especialización y su adaptación
al medio: desde la oveja merina hasta el cerdo ibérico,
pasando por el perro mastín, el caballo español,
el toro de lidia, el vacuno de tiro y el asno zamorano,
entre otras muchas.
Esa ganadería tradicional cubrió
con mayor eficiencia que en muchos países, que ahora
consideramos ejemplares en producción animal, las
necesidades proteicas de la población humana, proporcionó
el incalculable beneficio económico del monopolio
de las lanas finas durante 500 años, todo ello sobre
la base de una utilización casi perfecta de los recursos
forrajeros pastables y no pastables y, finalmente, -y tal
vez lo más importante- fue el elemento decisivo,
el instrumento básico, utilizado por nuestros antepasados
para configurar un medio natural, unos paisajes, de una
biodiversidad y de una estabilidad que añoramos ahora
y que debieran servirnos como horizontes de referencia –ampliamente
documentados en el Catastro del Marqués de la Ensenada
de 1752- en el debate sobre la política ecológica
a seguir en el momento presente.
Hubo cuatro principios comunes e inamovibles en todos estos
sistemas: la movilidad y los desplazamientos cíclicos
de los animales, la propiedad privada del ganado, la utilización
colectiva del territorio y un conocimiento muy profundo
de las condiciones del medio depositado en un estamento
pastoril muy estructurado, cuya experiencia se transmitía
a través de las generaciones. Todo ello se viene
abajo con el fin del Antiguo Régimen y la implantación
del Estado Liberal-Burgués; al inicio del segundo
tercio del siglo XIX se produjo un cambio que redujo, hasta
su práctica desaparición, los modelos trashumante
y transterminante y potenció como compensación,
los modelos basados en la complementariedad local.
Existieron tres causas principales en la
crisis de los sistemas tradicionales de producción
animal y de utilización del territorio, basados en
la complementariedad interregional e intercomarcal. En primer
lugar los procesos desamortizadores, eclesiástico
o de Mendizábal y municipal o de Madoz, que por la
forma y circunstancias que se llevaron a cabo no solo lograron
su finalidad esencial de privatizar los espacios de uso
común, sino que dieron lugar a fenómenos como
el minifundio del norte y el latifundio del sur, la creación
de una clase de propietarios de la tierra absentistas y
la aparición de un proletariado agrario dejado a
la intemperie del capitalismo fundiario. Los campesinos
perdieron las formas de protección –sin duda
muy limitadas y relativas- implícitas en las peculiaridades
jurídicas de la propiedad eclesiástica y de
los mayorazgos del Antiguo Régimen, sin tener la
salida de pasar a ser mano de obra en las factorías
y fábricas que surgen con la revolución industrial
–como en otros países de Europa occidental-,
dado que en España se hace la reforma agraria setenta
años antes de que tomen fuerza los procesos de industrialización
y urbanización.
Por otra parte, la garantía de subsistencia,
la verdadera “seguridad social” que el Antiguo
Régimen ofrecía a los desposeídos,
bajo la forma de libre utilización de los terrenos
comunales de los pueblos y la posibilidad, siempre abierta,
de incorporarse a instituciones como el Honrado Concejo
de la Mesta o la Cabaña Real de Carreteros –y
otras análogas que antes hemos mencionado- no fue
tenida en cuenta por los políticos que, en la primera
mitad del XIX, llevaron finalmente a cabo la reforma agraria
concebida por los ilustrados del siglo XVIII.
En otro aspecto, hay que tener en cuenta
la pérdida –precisamente en este momento- del
monopolio secular de la producción de lanas finas,
que actuaba como un vértice de vertebración
de todo el sistema ganadero tradicional. La llegada a los
mercados de enormes cantidades de lanas finas, (procedentes
todas ellas de ganados merinos salidos de España)
–inicialmente del reino de Prusia- y, casi inmediatamente,
de colonias británicas de enorme extensión
como Australia, Canadá, Sudáfrica, etc. liquidan
nuestras posibilidades de competir.
Por último, hay que mencionar el factor de distorsión
que supuso el incremento demográfico que tuvo lugar
en toda Europa y también en nuestro país en
el siglo XIX y que, asimismo, precisamente en esta fase
crítica, pierde la válvula de regulación
que suponía la posibilidad de emigración hacia
América, por la independencia de las colonias americanas
y el hundimiento de nuestro imperio colonial. (Entre 1800
y 1850 la población española pasó de
10 a 15 millones de habitantes)
3.2. Modelo Liberal Burgués
o del Estado Moderno (1836-1960)
Surge en este momento, en lo que a la ganadería
se refiere, una alternativa mucho más localista,
basada en el incremento de una agricultura orientada a la
producción alimentos para el consumo humano, pero
que tiene que introducir en las rotaciones de cultivos la
producción de piensos y forrajes para mantener la
fertilidad del suelo y alimentar una ganadería más
fragmentada en sus unidades de manejo. En todo caso, la
producción animal sigue basada en la utilización
de los recursos propios y en el mantenimiento de la ocupación
del territorio, incluso con una mayor intensidad si cabe,
debido a la potenciación de los sistemas pastorales
de corto recorrido. Esta es la que, en otra ocasión,
hemos denominado Etapa Liberal-Burguesa o del Estado Moderno
que comprende el periodo entre 1836 y 1960.
Los censos ganaderos, a partir del primero realizado en
España en 1865 y repetidos periódicamente
después, aunque difíciles de interpretar en
conjunto por los cambios de criterio habidos, ponen de manifiesto
un aumento paulatino de la producción de alimentos
de origen animal hasta la década de los años
treinta del siglo XX. Esto fue posible únicamente
por la existencia de una enorme superpoblación rural,
cuyo esfuerzo de supervivencia mantuvo el suministro de
alimentos a la población urbana y el medio natural
castellano-leonés a muy altos niveles de fertilidad
y biodiversidad, merced a un trabajo sin límite,
a la utilización exhaustiva de todos los recursos
disponibles y, desgraciadamente, a un nivel de vida rural
realmente muy bajo.
3.3. Modelo Intensivo o de la
Dependencia Exterior (1960-2003)
Finalmente –y ello es más pertinente
para el tema de esta ponencia- al comienzo de la década
de 1960 se inicia un cambio radical que, a un ritmo vertiginoso,
subvierte los principios y destruye los cimientos de la
producción animal, tal como había sido concebida
hasta entonces. En 1962 se publica el Informe del Banco
Mundial sobre la economía española, que, por
lo que se refiere a la ganadería, encierra una filosofía
que había de resultar letal para las formas tradicionales
y extensivas de producción animal.
La apertura inevitable pero brusca de la
economía española a los flujos comerciales
y financieros internacionales. El llamado entonces “milagro
económico español” basado en la industrialización,
las remesas de los trabajadores emigrados a los países
europeos y el turismo de masas, tuvo como consecuencias
inevitables un exponencial crecimiento urbano y paralelamente
el abandono del campo por millones de personas y un proceso
de desolación rural, que continua imparable en el
momento presente. Y eso sucede, en buena medida, porque
la política ganadera acepta, sin ninguna consideración
histórica o ecológica, más bien con
un entusiasmo petulante, los supuestos y principios de la
producción animal intensiva. Los milenarios agroecosistemas,
en los que en Castilla y León la ganadería
era, no un elemento importante, sino el núcleo axial
sobre el que dichos ecosistemas pivotaban se derrumban en
dos decenios. Surgen los núcleos de producción
animal intensiva y sus ramificaciones, no menos intensivas,
se extienden por las zonas más favorecidas y mejor
comunicadas y se abandonan a la desertificación las
áreas menos favorecidas. Algunas comarcas centenares
de aldeas, pueblos y caseríos son abandonados.
Esa nueva –y bien denominada- industria
animal es capaz ciertamente de satisfacer la creciente demanda
urbana y turística y la avicultura intensiva, primero,
la porcinocultura, después, los cebaderos de novillos
y corderos, seguidamente y finalmente la producción
de leche en establos superintensivos de vacas –y ovejas-
con 9000 y 500 Kg., respectivamente, de leche por hembra
y lactación de media de la explotación, barren
de un modo inmisericorde a las antiguas explotaciones. En
León, por ejemplo, una fantástica desigualdad
territorial se hace patente al considerar que la “montaña”
sufre un primer impacto con la construcción de las
grandes presas que sumergen los fondos de valle, la columna
vertebral del territorio y es precisamente ese agua de la
montaña la que permite después, en las vegas
bajas, una producción forrajera que hace posible
–junto con los piensos comerciales y la proximidad
a las grandes vías de comunicación–
unas explotaciones intensivas con las que las tierras altas
y los valles de montaña no pueden, en forma alguna,
competir. Una sola vaquería del bajo Esla puede arruinar
a un valle entero entre Cistierna y Riaño.
La característica esencial y definitoria
de los sistemas de producción animal intensiva en
España, implantados en la segunda mitad del siglo
XX es, sin duda alguna, la dependencia exterior. Esta dependencia
se manifiesta en un cuádruple aspecto. Primero hay
una dependencia genética casi total; las razas, variedades,
estirpes y líneas son importadas y las correspondientes
autóctonas se reducen, hasta la desaparición
en muchos casos. Pero hay una característica muy
distintiva: esta dependencia genética es permanente
y no se limita a la avicultura donde, por razones de la
metodología estratificada de la selección
genética, es prácticamente inevitable para
un país de nuestra dimensión económica,
sino que se extiende a las demás especies y producciones
en las que la importación y la dependencia es un
hecho continuo. Piénsese, por ejemplo, en los ganados
vacuno y ovino de carne donde todas las líneas, estirpes,
razas y cruces están presentes en nuestro increíble
mosaico ganadero al que, entre otras cosas, no han dejado
de contribuir las 17 políticas incoordinadas de las
17 Comunidades Autónomas. Sólo muy recientemente
–y ello es positivo- cada una de ellas muestra un
gran interés por la conservación –recuperación
en muchos casos- del material genético de nuestros
ganados autóctonos.
La segunda gran dependencia es la dependencia
alimenticia. Nuestra ganadería intensiva se sostiene
sobre la base de la importación de maíz, soja
y correctores y aditivos para piensos. Ya desde el informe
del Banco Mundial está diseñada esta dependencia,
que se ha plasmado incluso en el Tratado de Adhesión
de España a la Comunidad Económica Europea
en 1986. Allí se fijan los millones de toneladas
de soja y de maíz provenientes de los Estados Unidos
a los que España y la CEE se comprometen a importar
anualmente. Nuestro déficit de concentrados proteicos
para la alimentación animal es un punto especialmente
crítico por haber abandonado el cultivo de las leguminosas
para pienso que fueron durante siglos la base del mantenimiento
de la fertilidad del suelo y de la alimentación de
la ganadería. No se trata solamente del abandono
del cultivo sino de la negligencia en el estudio de la valoración
nutritiva de estas proteaginosas y –lo que es aún
más grave- de la mejora genética de especies
tan bien adaptadas a nuestras condiciones como los yeros,
las algarrobas, las almortas, los titos, etc. para adaptarlas
a la recolección mecánica, verdadero talón
de Aquiles en la utilización de estas especies. En
nuestra situación actual bastarían dos años
seguidos de malas cosechas de soja en los Estados Unidos
para que toda nuestra producción animal fuera puesta
en solfa. Incluso aunque la climatología fuera normal,
estamos sujetos, sin defensa alguna, frente a los movimientos
especulativos del comercio mundial de soja.
La tercera dependencia es la dependencia
financiera, tanto desde el punto de vista del material animal
como de los piensos, nuestra ganadería está
directa o indirectamente en manos de las grandes empresas
multinacionales, como sucede con las grandes cadenas de
distribución. Ciertamente muchos otros países
sufren estas dependencias pero, a mi juicio, no con la misma
intensidad que el nuestro. La dependencia financiera es
menos visible -pero no menos importante- en cuanto afecta
a la necesaria garantía de continuidad y estabilidad,
que todo Estado debe procurar para sus ciudadanos.
Por último, y en cuarto lugar, se
da –a mi juicio- una dependencia derivada de la anterior
y mucho más sutil y preocupante, puesto que afecta
al futuro. Se trata de la dependencia científica.
Las grandes empresas tienen básicamente dos sistemas
para la adquisición de conocimientos y la innovación:
sus propios centros de investigación y experimentación
y sus gabinetes científicos para la recogida, el
análisis y la valoración del flujo mundial
de conocimientos, resultados y datos de las publicaciones
científicas.
No quisiera ofender a nadie al afirmar que,
en mi opinión, los técnicos españoles
al servicio de las multinacionales a través de sus
filiales españolas, no están precisamente
en estos centros neurálgicos de las empresas, sino
que desempeñan otras funciones, muy importantes sin
duda, pero que no alteran el hecho de que inevitablemente
los cambios de estrategia, las innovaciones y los nuevos
productos vengan dictados por intereses y concepciones guiados
por el incremento de los beneficios, pero que poco tienen
que ver, en múltiples ocasiones, con la naturaleza,
las peculiaridades, las verdaderas necesidades y sobre todo
con el futuro de la ganadería que nuestro país
precisa.
4. EXTRAPOLANDO HACIA EL FUTURO
4.1. La Ganadería Intensiva
España, según los datos de
los últimos años, tiene un déficit
estructural de cereales pienso y concentrados proteicos
vegetales para la alimentación animal de entre 7
y 9 millones de toneladas anuales.
Por otra parte, y según los datos
manejados por los fabricantes de piensos, el coste de fabricación
de un Kg. de pienso en Castilla y León es de 0,02
Euros superior al de Cataluña y 0,03 Euros más
alto que el coste de fabricación en países
de la Unión Europea como Holanda.
En estas condiciones el futuro de la ganadería en
nuestra Comunidad depende de tres factores cuyo control
no está en manos de los ganaderos: a) la política
española en relación con los cultivos para
la obtención de materias primas para los piensos
compuestos; b) la evolución de la P.A.C. en una Unión
Europea ampliada; y c) la evolución del comercio
internacional de piensos. Yo me siento incapaz de hablar
de estos temas con la mínima autoridad habiendo personas
aquí presentes con un nivel de información
sobre estos temas muy superior al mío.
Sin embargo, debo dejar claro que sin ningún puerto
de mar y muchos de montaña, sin ríos ni estuarios
navegables, sin infraestructuras de un orden de magnitud
superior a la actual, yo no veo muchos motivos para el optimismo
a largo plazo. Solamente un cambio radical en la política
española de producción de materias primas
para piensos y un cambio de orientación hacia la
calidad de los productos animales a expensas, en muchos
casos, de los índices de conversión, es decir,
reduciendo el grado de intensificación en estos sistemas,
pudiera ofrecer una salida duradera. Estoy pensando en el
cerdo ibérico y la chacinería regional, en
los quesos de oveja y, “mutatis mutandis” en
los vinos de diversas denominaciones de origen de nuestra
región, como ejemplos de lo que quiero significar
al hablar de orientación hacia la calidad.
4.2 La Ganadería Extensiva.
La Gran Decisión
Es preciso mencionar, en primer lugar, que
somos la Comunidad Autónoma más extensa de
la Unión Europea. Que, en segundo lugar, tenemos
una tradición que puede sostener la comparación
con cualquier región o comarca europeos, en cuanto
a sistemas tradicionales, que demostraron durante siglos
la posibilidad de ocupación total del territorio
y la utilización racional y exhaustiva de los recursos
vegetales.
Por otra parte, nos enfrentamos probablemente
al más alto riesgo que ha amenazado a nuestro territorio
en los últimos 2000 años: la desolación
rural. Nuestras ciudades crecen a un ritmo vertiginoso sobre
la base de la construcción de viviendas para los
campesinos que abandonan sus pueblos. Ello representa una
inversión improductiva gigantesca donde van a parar
los ahorros seculares de las familias rurales y una enorme
proporción de las ayudas europeas percibidas directamente
por agricultores y ganaderos castellano-leoneses. Las comarcas
montañosas de los cuatro puntos cardinales de nuestra
región se despueblan continuamente, llegándose
a densidades de población de 4 y 5 habitantes por
km2 . Esta desolación rural tiene, aparte de poner
en peligro la conservación del patrimonio cultural,
las siguientes consecuencias entre otras: a) el enorme desperdicio
de valiosos recursos naturales espontáneos; b) la
desaparición de puestos de trabajo precisamente en
los lugares en que son precisos; c) la pérdida de
información sobre los sistemas ganaderos que permitían
el manejo adecuado de los ecosistemas y d) como consecuencia
de lo anterior, la degradación de los ecosistemas
al faltar, sobre prados, puertos y pastizales, la acción
continuada de las cuatro especies herbívoras manejadas
conjuntamente durante siglos.
Una política agroganadera digna de tal nombre debiera
tener presente que los sistemas ganaderos extensivos permiten
la acumulación de una “fertilidad de reserva”
para emergencias naturales, económicas o políticas
y asimismo, el mantenimiento de la “habitabilidad
del territorio” para reubicaciones de emergencia,
siempre posibles y nunca improbables.
En mi opinión, la gran decisión política
relativa a la agricultura de nuestra región debe
tender, de forma inmediata, a un doble aspecto. En primer
término, la reimplantación de los sistemas
pastorales que posibiliten, del modo más rápido
y efectivo, la ocupación del territorio y simultáneamente
-cueste lo que cueste- mantener en cada comarca natural
una densidad de población operativa mínima
siguiendo las directrices de la reciente declaración
de Corck sobre el desarrollo del medio rural en Europa.
|