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18 de abril de 2002
Ilmo. Sr. D. Manuel
Lamela
Buenas tardes a todos.
He querido estar aquí al final de la jornada de esta
mañana, con jornada y media de trabajo ya celebrada,
para aprovechar esta segunda oportunidad que tenemos de discutir
un tema, a mi juicio fundamental, enmarcado dentro de los
trabajos del Libro Blanco.
Quiero comenzar agradeciendo a todos vuestro trabajo, vuestras
aportaciones y vuestra presencia, y solicitando que sigáis
trabajando y colaborando en estos trabajos a lo largo de los
próximos meses. Culminaremos así, esa obra compleja
que es la elaboración del libro y dispondremos de un
modelo de agricultura, de industria agroalimentaria nacional,
capaz de ser competitivo en el futuro.
Iniciaré mi intervención haciendo algunas reflexiones
sobre el contenido de estas dos jornadas que estáis
celebrando y que se refieren a algo muy importante desde el
punto de vista del futuro del sector agroalimentario: la empresa
agraria y el cooperativismo o el cooperativismo y la empresa
agraria. Considero que en este caso el orden es irrelevante.
Lo único que pone de manifiesto, es la existencia de
modelos de gestión de las estructuras agrarias, de
organización de la actividad productiva agraria, que
han de ser sometidos a revisión crítica, objetiva
y pausada, de cara a conseguir que esas estructuras de gestión
sean cada vez más eficientes y que garanticen la competitividad
de nuestras explotaciones.
De la primera jornada y de los trabajos que se siguen desarrollando
a lo largo de la primera jornada relativa a las estructuras
agrarias, podemos extraer una conclusión del contenido
de los cuestionarios que se han elaborando y a los que se
sigue respondiendo, relativa a la dimensión de nuestras
explotaciones. Tenemos que ir a una dimensión de nuestras
explotaciones que sea competitiva y, también que tenemos
que ser respetuosos con lo que son nuestros modelos productivos
y no podemos ser ajenos a esa realidad porque eso es, de una
parte, una realidad económica, pero también
una realidad social. Me estoy refiriendo a que en España
coexiste, desde hace ya mucho tiempo, un modelo productivo
de explotación familiar, de explotación vinculada
al medio rural con un papel relevante para garantizar la viabilidad
del territorio y de su población. Junto a ellas, contamos
con explotaciones modernas, de importantes dimensiones que
generan riqueza, que generan empleo, expectativas de futuro
importantes y favorables para el propio sector.
Debemos ser capaces de conciliar y compatibilizar esas dos
realidades y de hacer que ambas sean competitivas igualmente,
de manera unívoca, en el futuro.
En más de una ocasión, en algunas jornadas en
las que he podido intervenir a lo largo de estos años,
muchos de los aquí presentes me habéis oído
decir que una de las fórmulas mejores para conseguir
que la explotación familiar permanezca, - con independencia
de que tenga que optimizar sus dimensiones -, que crecer más
y ser más competitiva por sí misma- es mediante
el fenómeno del cooperativismo.
El cooperativismo es uno de los grandes aciertos de la Constitución
de 1978 que no podemos olvidar y tenemos que tenerlo presente
como referente de futuro. No en vano, nuestra Constitución
del 78, entre las pocas cosas que consolida en términos
de modelos jurídicos de Estado, es precisamente el
modelo cooperativo.
Tenemos que ser capaces – y creo que lo estamos siendo
y lo vamos a seguir siendo - de dotarnos de estructuras jurídicas
suficientemente ágiles y dinámicas para que
cada vez más el fenómeno cooperativo aglutine
ese tipo de explotaciones, y para que con la sinergia, con
los valores añadidos y con la capacidad de gestión
que tiene acreditado pueda seguir trabajando en pro de ese
futuro y de esos objetivos.
Simultáneamente, tenemos que apostar por tener explotaciones
en su conjunto competitivas. Esto nos lleva, a hablar no solamente
de estructuras de explotación, de tamaños óptimos
o de dimensiones críticas de explotación, sino
a plantearnos modelos de gestión. Una explotación
de un tamaño o de una dimensión óptima
o que supere y ostente el nivel crítico de rentabilidad,
puede ser a su vez más o menos rentable dependiendo
del sistema de gestión que se le dote a esa explotación.
Por tanto, creo que hay dos cuestiones importantes de las
que tenemos que ser conscientes. Una cosa es la estructura
de la explotación y otra la gestión de esas
estructuras, por las que tenemos que apostar por su modernización.
Y nuevamente tenemos los dos modelos, los dos elementos a
los que nos hemos venido refiriendo: por una parte, el cooperativismo
y, por otra, la empresa agraria. Todos ellos, - la explotación
familiar, el modelo cooperativo o el modelo de empresa agraria
-, tienen que guiarse con un único criterio, el criterio
empresarial.
El criterio empresarial no es algo que podamos considerar
como mera consecuencia del capitalismo o de un determinado
modelo económico, es simplemente fruto de una necesidad,
la necesidad de hacer rentable la producción, de reducir
los costes de los inputs de producción y de obtener
la mejor renta para el productor, en este caso para el agricultor.
Desde esa perspectiva, creo que el contenido de las jornadas
y de los trabajos que se están desarrollando, ha de
buscar los puntos débiles, los corsés, los escollos,
los inconvenientes, que en el ámbito de lo que es hoy
el régimen jurídico del cooperativismo o de
la empresa en su conjunto, - régimen jurídico
evidentemente mercantil - tenemos que remover o reformar desde
la perspectiva de los objetivos que queremos conseguir. Todo
ello sin olvidarnos que son elementos esenciales, la explotación
agraria y la industria agroalimentaria. Ambas tienen que ir
en una misma inercia y en una misma trayectoria, las dos son
imprescindibles si queremos garantizar el futuro del sector
agrario.
Por lo tanto, junto a los criterios de gestión empresarial,
tenemos la responsabilidad, la suerte y la oportunidad, partiendo
del debate y del contenido que resulte del Libro Blanco, de
abordar una reforma de los regímenes jurídicos
aplicables a esos modelos de gestión. Reforma que nos
permita ser capaces de dinamizar la explotación y hacerla,
cada día más rentable, desde el punto de vista
de la gestión. Por lo tanto, tenemos que abordar el
análisis del régimen jurídico aplicable
a las cooperativas y el régimen jurídico aplicable
a las empresas mercantiles, teniendo presente un modelo que
se adecue al ámbito agrario.
Este es un elemento sobre el que podemos reflexionar o iniciar
el debate de si es o no conveniente, necesario, imprescindible,
la existencia de una sociedad mercantil agraria con sus particularidades,
diversidades o divergencias, respecto al ámbito mercantil
ordinario. O bien, si se considera adecuado, con modificaciones
específicas aplicables, a nuestro sector. Porque no
podemos olvidarnos de algo fundamental, las peculiaridades
de la gestión agraria, que a veces, - los que hemos
sido hace ya muchos años, por desgracia o por suerte,
profesores de derecho mercantil -, no caíamos en ellas.
La empresa agraria puede y debe de ser una empresa gestionada
con criterios empresariales, que gestiona un activo sometido
a riesgos y vicisitudes, a los que no están sometidos
otros activos empresariales en otros sectores de la economía
española.
Al abordar este régimen jurídico no podemos
ser ajenos a algo tan importante como es el concepto del riesgo
empresarial sin olvidarnos de que en el sector agrario, ese
riesgo es sensiblemente distinto al riesgo empresarial en
otros sectores de la economía española. Y quizás
tendríamos que evaluar y valorar la posibilidad de
contemplar esas particularidades del riesgo empresarial agrario
o de la industria agroalimentaria, en el ámbito específico
del desarrollo jurídico de la estructura mercantil
agraria.
Ahí hay un reto muy importante. Hay que ser conscientes
de que en una economía de mercado, cada vez más
globalizada, cada vez más competitiva y más
dura; en una economía que necesariamente se guía
por la ley de la oferta y la demanda, el sector primario,
el sector que tiene como principal objetivo garantizar la
suficiencia de alimentos a la población, en las mejores
condiciones de salubridad e higiene y por tanto de seguridad
alimentaria, requiere de un tratamiento distinto a lo que
pueden ser otros sectores económicos, que también
con criterios empresariales y dentro de un ámbito jurídico
mercantil o civil, tienen sus propias normas de gestión.
Desde esa perspectiva, la apuesta del Estado se ha centrado
en lo que últimamente denominamos como “garantía
de rentas”, y esa garantía de rentas debe de
centrarse en la potenciación de nuestro sistema de
seguros agrarios. Este es el reto con el que tenemos que trabajar
día a día, teniendo en cuenta que para garantizar
las rentas de nuestros agricultores deben contemplarse situaciones
coyunturales extraordinarias, excepcionales desde el punto
de vista mercantil, contable, financiero, e incluso fiscal
o tributario.
Entramos así, en otro tema que creo que es importante.
Cuando hablamos de la gestión empresarial, pensamos
en la gestión del día a día, pero si
profundizamos un poco más en lo que podíamos
denominar órganos de gestión de una entidad
o de una empresa, nos encontramos con elementos que son sensiblemente
distintos. En el momento en el que estamos, en el que no tenemos
límites para pensar en lo que sería bueno para
el sector, podríamos introducir reflexiones dirigidas
a la contabilidad mercantil. Algo aparentemente sencillo como
los criterios contables aplicados al sector agrario, en algunos
casos encajan difícilmente con los criterios generales
y crean problemas y dificultades en la gestión.
Todos los que aquí estamos somos
conscientes de que cuando padecemos una catástrofe
natural o de otro tipo, hay que adaptar el sistema fiscal
vigente para afrontar estas situaciones de pérdidas,
o al menos forzar, en algunas ocasiones, la normativa tributaria
para adecuar las condiciones de la tributación a la
realidad de los ingresos en una campaña determinada.
Creo que eso está absolutamente vinculado con la gestión
y la competitividad y con el futuro del sector. Aunque tenemos
una jornada específica dedicada a la fiscalidad agraria,
y aunque no es ni la primera ni la última vez que hablamos
de fiscalidad, no podemos aislarla de la estructura de gestión,
de la estructura contable y de la estructura mercantil.
Por lo tanto tenemos la responsabilidad en este caso, de trabajar,
de avanzar durante las próximas semanas y los próximos
meses, en ese objetivo complementario al que nos planteábamos
cuando iniciábamos los trabajos del Libro Blanco. No
solamente tenemos que saber cuál es la dimensión
óptima de nuestras explotaciones, sino que tenemos
que saber cuál tiene que ser la estructura de gestión
de esas explotaciones óptimas para que sus rendimientos
sean también óptimos y por lo tanto resultar
competitivos. Son dos cuestiones complementarias, pero que
tienen que analizarse de forma independiente y de manera conjunta.
Este ejercicio se enfrenta con otro “handicap”
propio del sector agrario. Es un “handicap” entre
comillas, ya que desde la consciencia de su importancia como
sector que tiene que suministrar a la población de
alimentos, tiene derecho, de acuerdo con la norma comunitaria
a una política de compensaciones de precios, de apoyos
económicos en el ámbito de la Política
Agrícola Comunitaria. No podemos abordar una modificación
normativa pensando en un modelo de futuro condicionado por
la existencia de un volumen de ayudas que nos pueda venir
de la Unión Europea, del Estado, de ambas, o de cualquier
otra procedencia. Tenemos que ser lo suficientemente ambiciosos
en los planteamientos que hagamos para poder abstraernos de
la realidad de la subvención, del apoyo económico
externo al sector, y conseguir un sector económico
competitivo sin necesidad de ese apoyo público.
Esto no significa que no reivindiquemos esos apoyos económicos,
que no demandemos su percepción en el futuro, pero
tenemos que apostar por el futuro con la meta de alcanzar
una explotación competitiva con o sin apoyos económicos.
Y somos capaces de hacerlo.
Creo que tenemos en España los elementos suficientes
para conseguirlo: el tejido social, el tejido económico,
la estructura que puede generar esa competitividad en régimen
de igualdad, - inclusive de superioridad -, las perspectivas
de desarrollo de nuestras producciones por su calidad y sus
cualidades, dentro y fuera de nuestras fronteras.
En definitiva, simplemente quería plantear esas reflexiones.
Quiero que las entendáis así, con el espíritu
provocador que habitualmente caracteriza más las intervenciones
de Gerardo García que las mías, para iniciar
la reflexión y provocar el debate. Espero que ese ánimo
provocador nos lleve a conclusiones correctas, que podamos
plasmar en las correspondientes normas jurídicas y
que nos permitan alcanzar ese sector que todos deseamos.
Yo por mi parte, esto es todo. Simplemente agradecer una vez
más vuestras aportaciones, pedir que sigáis
trabajando con nosotros, con la Administración, en
este ambicioso proyecto del Libro Blanco, y desear que lo
que resta de jornada y las próximas, sean igualmente
fructíferas y que consigamos felizmente los objetivos
propuestos.
Muchas gracias y buenos días.

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