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Ponencias

APORTACIÓN DE CCAE SOBRE COOPERATIVISMO
Jornada Temática "Empresa Agraria y Cooperativismo"
Madrid, 18 y 19 de abril de 2002

JUSTIFICACION Y METODOLOGÍA

MARCO DE REFERENCIA

I. "CONSIDERANDOS"
II. OBJETIVOS PLANTEADOS POR LAS COOPERATIVAS
III. MEDIDAS PARA ALCANZAR LOS OBJETIVOS FIJADOS

ANEJO


MARCO DE REFERENCIA

En el momento de su concepción, la Política Agraria Común fija como objetivos que justifican su carácter proteccionista la garantía del autoabastecimiento, y la protección de las rentas de los agricultores. Ambos propósitos fueron alcanzados pero dejaron en herencia al sector agrario europeo una serie de desequilibrios e inercias (carestía de la PAC, excedentes, perturbación del comercio mundial, etc.). Posteriormente, y para paliar estos desajustes, se introdujeron políticas destinadas al control de excedentes, y a la extensificación y especialización de la producción, que a su vez conllevaron algunos efectos negativos sobre el medio ambiente y la expulsión de población rural, especialmente en las regiones con una agricultura más intensiva. Las sucesivas reformas de 1992 y la Agenda 2000 debieron afrontar estos defectos, y se cerraron con "reajustes" más o menos profundos de las políticas de mercados y estructurales clásicas.

La cuestión que hoy se plantea, a la vista de los cambios acaecidos en los últimos años es si, a partir de ahora, el diseño de las políticas de futuro destinadas a la agricultura y al medio rural europeos requieren una reflexión de mayor envergadura, que podría profundizar sobre la pérdida de protagonismo de las tradicionales y cada vez más cuestionadas medidas de sostenimiento de precios y ligadas a la producción, y la dotación de mayores medios para aquellas dirigidas a las nuevas preocupaciones de la sociedad que apuntan hacia la calidad y la seguridad alimentaria, y la conservación del medio ambiente y del medio rural.

Por otra parte, los compromisos de la OMC de reducción de ayudas internas, de disminución de barreras arancelarias y restituciones a la exportación han obligado a reformar las políticas sectoriales de la UE, y ponen en cuestión globalmente algunas de ellas. Otros acuerdos internacionales liberalizadores del comercio, o la propia adhesión de los PECOS agudizan la presión sobre los mercados agrarios comunitarios, si bien, en este último caso, la oportunidad será recíproca y abrirá también para los actuales socios una nueva oportunidad de mercado hacia una población con nivel adquisitivo creciente.

También como consecuencia de las nuevas preocupaciones sociales y administrativas ya mencionadas, toda una serie de nuevas y crecientes restricciones se imponen a la actividad productiva, implicando en el corto plazo, limitaciones que afectan a la rentabilidad económica de las empresas agrarias. El agricultor encuentra dificultades para estar informado y abordar individualmente estos condicionantes, que la cooperativa en principio puede asumir en mejores condiciones. Sin embargo, debido a la estructura de las cooperativas, los controles sobre las mismas de cumplimiento de dichos condicionantes son mucho más estrictos, lo cual llega a provocar situaciones de agravio comparativo o de competencia desleal por el resto de operadores del mercado, y dificulta la fidelización de la relación socio-cooperativa.

Los desajustes estructurales que caracterizan una parte de la agricultura española redundan en el incremento de los costes de producción y por lo tanto reducen su capacidad competitiva. Estos desajustes se deben tanto a condicionantes externos como a la propia organización de los sistemas productivos españoles, muy particularmente debilitadas por la rigidez del mercado de la tierra. Estas deficiencias dificultan la adaptación de las explotaciones al nuevo marco político, económico y social, y en buena medida están infundiendo la demanda de nuevas funciones de las cooperativas -en apoyo a la actividad productiva de la Explotación Agraria, tradicionalmente dedicadas a la concentración de la oferta y la comercialización en común, y al abastecimiento de inputs.

El objetivo básico de las cooperativas de conseguir mejores precios para los productos de sus socios y los mayores márgenes de beneficio para sus explotaciones no se puede cumplir sólo a través del apoyo a la actividad productiva de las explotaciones y la concentración de la producción, sino que debe complementarse con el acompañamiento del producto hasta las fases de transformación y comercialización y la recuperación del valor añadido incorporado al producto final.

Actualmente el sistema agroalimentario está compuesto por complejos flujos que interrelacionan a productores, industria transformadora, comercializadores y consumidores finales. Las posibilidades de confrontarse con éxito a este entramado crecen para los productores organizados en un proyecto colectivo.

Los cambios tecnológicos y socioeconómicos que han modificado profundamente las pautas generales de compra y de consumo en las sociedades "desarrolladas", marcan especialmente las características del consumo alimentario en España y en el resto de la Unión Europea, que son los mercados naturales del sector agroalimentario español. El consumidor demanda cada vez más productos con valores y servicios añadidos, y por lo tanto distantes de los que salen de las explotaciones. Consecuentemente la parte proporcional del precio al consumo de los alimentos que corresponde a la "materia prima" es cada vez menor. Destaca, como característica más notable -por trascendente- del comportamiento del consumidor, su preocupación por la salud y su creciente demanda de información en lo que se refiere al origen y a la seguridad y sanidad alimentaria de los productos adquiridos. Por ello, tres mandatos -el del control, el de la información al consumidor y el de la trazabilidad- se han convertido en el emblema de cualquier proceso de producción, industrialización y comercialización, debido tanto a las mencionadas exigencias del consumidor, como a los requerimientos cada vez más cautelosos de la normativa europea.

Sistemas de producción como la producción ecológica o la producción integrada, que utilizan técnicas respetuosas con el medio ambiente están consiguiendo un apoyo creciente. La producción integrada -en sus diversas formas y denominaciones (producción integrada oficial, producción controlada, protocolo naturane, etc.)- es, actualmente, una realidad en la fase de producción. La participación y liderazgo de las cooperativas en esta fórmula ha sido determinante. Existen otros mercados que reconocen otro tipo de calidades específicas no tanto ligadas a cualidades nutricionales o medioambientales sino singularidades debidas a la cultura, a la tradición, a las costumbres gastronómicas, a la localización. Estas cualidades no están reguladas pero sí podrían incluirse dentro del concepto de "calidad europea" (acuñado por el "Documento de El Escorial"), y cabría preguntarse hasta qué punto podría ser explorada y explotada por las cooperativas, a través de la promoción del concepto de "producto cooperativo".

La actividad de la industria agroalimentaria española contrasta con la actividad agraria por su dinamismo y su competitividad. Estos, junto con el alto riesgo de las inversiones, son los principales retos que deben afrontar las cooperativas al encarar su incursión en el eslabón de la transformación de la cadena alimentaria. Las sucesivas operaciones de compraventa y acuerdos de fusión de compañías del sector de la industria agroalimentaria española y los transvases de capitales extranjeros en los últimos años, han convertido a la transformación de productos agrarios en una actividad altamente concentrada e internacionalizada. La mayor parte de los mercados de alimentación se estarían encaminando -como el resto de sectores económicos- a la reducción del número de operadores.

La intervención de las cooperativas en los procesos de transformación de las materias primas agrarias es frecuentemente limitada, y su cuota de participación es mucho mayor en las primeras fases de la transformación que en las sucesivas. El tímido concurso de algunas cooperativas españolas en la industria alimentaria contrasta sin embargo con la situación privilegiada en la que se encuentran éstas para introducirse en los procesos de transformación de materias primas. Su potencia radicaría en la presencia en las fases de producción: las posibilidades que esta presencia les ofrece para planificar, coordinar y adaptar la oferta a la demanda. Por otra parte, las crecientes exigencias de trazabilidad, seguridad y sanidad alimentaria más arriba descritas, impuestas tanto por parte del consumidor como por las administraciones públicas, no deberían suponer para las cooperativas una amenaza sino por el contrario una oportunidad: una ventaja comparativa con respecto al resto de la industria alimentaria desvinculada de la producción agraria.

El ámbito en el que se relaciona la agricultura con el comercio ha sufrido profundas transformaciones, y ha revolucionado las formas de comprar y vender, condicionadas por la apertura de mercados, el progreso de nuevas tecnologías, la internacionalización y concentración de las empresas agroalimentarias y de distribución, la saturación de la demanda. El modelo de la gran distribución, en particular, ha revolucionado el comercio alimentario de nuestros mercados.

El acelerado proceso de concentración que ha experimentado la estructura de la comercialización alimentaria, se refleja en un menor número de compañías que operan y en el incremento de sus cifras de facturación y de la superficie de los establecimientos. En la medida en que unas cadenas compran a otras, se fusionan, o llegan a acuerdos de colaboración, desaparecen compradores del mercado, y los que quedan incrementan su poder, volumen y nivel de exigencia, reduciendo de forma proporcional la de los proveedores. Así los grandes grupos se mantienen en una posición dominante casi de oligopolio en la negociación con industriales y proveedores, con quienes se relacionan cada vez más directamente en los mercados de origen, y con escasa competencia. Esta concentración contrasta con la atomización de la oferta de productos agrarios que las cooperativas no siempre alcanzan a corregir. La falta de estrategias para adaptarse a las "nuevas reglas de juego" podría relegar a los agricultores y sus cooperativas al puesto de meros "suministradores" de materias primas de la cadena. Quedando así no sólo privados del beneficio de los valores añadidos generados en las sucesivas fases que llevan el producto hasta el consumidor, sino obligados a mayores exigencias y a la asunción de funciones y responsabilidades adicionales (almacenamiento, transporte, etc.) que complican su papel tradicional de suministrador, y elevan su nivel de riesgo.

La cooperativa desempeña un papel preponderante en la comercialización en origen, que permite garantizar la salida del producto de sus socios y da estabilidad a los precios que perciben. Sin embargo su capacidad de influencia en el mercado se diluye a medida que se avanza en la cadena agroalimentaria. Numerosos ejemplos exitosos de comercialización por cooperativas demuestran la posibilidad de salvar las dificultades intrínsecas a éstas y de adaptarse a las condiciones impuestas por la distribución para ocupar una posición de fuerza en el mercado interior y de exportación. Pero la comercialización en común de los productos de sus socios sigue siendo frecuentemente la "gran asignatura pendiente": cuando las cooperativas actúan como meros "centros de recogida". Esta debilidad es tanto más grave por cuanto que la fidelización de la participación del socio en la cooperativa depende muy directamente de la eficacia de su labor comercial, que el socio mide por el precio percibido. Ciertas deficiencias en el control por la administración pública del cumplimiento de las obligaciones fiscales colocan frecuentemente a la cooperativa en situaciones de agravio comparativo o de competencia desleal con respecto al resto de operadores del mercado, y siembran de obstáculos los esfuerzos de fidelización de la relación comercial del socio-cooperativa

A finales de 1997, el Consejo de Ministros de Agricultura primero, y después el Consejo Europeo de Luxemburgo se pronunciaron formalmente a favor de "una agricultura europea multifuncional y que cubra el conjunto del territorio de la Unión". Sobre esa base, la Unión Europea presentó en la Agenda 2000 "la multifuncionalidad" como un objetivo de su política agraria común. La UE introducía así las "preocupaciones no comerciales" en defensa del modelo agrícola europeo, caracterizado por una utilización diferente de los medios de producción (superficie, recursos naturales, mano de obra empleada), dando lugar a formas de producción y ocupación del territorio particulares y muy ligadas al modelo social y cultural europeo, que sustenta el proyecto de la integración comunitaria.

De momento la profesión por la UE de la "multifuncionalidad" se ha quedado en una declaración de intenciones, a la vista de las previsiones presupuestarias de la Agenda 2000, que da prioridad a las políticas sectoriales (a unas más que a otras) y no refuerza los fondos orientados al desarrollo rural. A pesar de ello, el discurso de la "multifuncionalidad" gana importancia dentro de la UE como argumento para el mantenimiento de una política agraria común, frente a los detractores de ésta y partidarios de su desmantelamiento, y está en consonancia con las nuevas tendencias de opinión de la sociedad europea, cada vez más preocupada por el medio ambiente.

Si es cierto el carácter "multifuncional" de la agricultura que actúa aportando un beneficio que la sociedad reconoce, la orientación de la política deberá adaptarse a esa situación. Habrá que permanecer atentos a los frutos que dé la redacción por parte del MAPA del "Libro Blanco sobre Agricultura y Desarrollo Rural" y su posterior desarrollo normativo. Por parte de la CCAE se pone en evidencia el papel que debe jugar el cooperativismo en la escena de la "multifuncionalidad". El mantenimiento de muchos espacios rurales está supeditado al mantenimiento de la actividad agraria. Las cooperativas, en la medida en que participan en mejorar la estructura de las explotaciones y el desarrollo de su actividad agraria, están contribuyendo a hacer realidad que estas explotaciones cumplan con "la multifuncionalidad". En muchos casos, la mejora de la rentabilidad de las explotaciones se deberá buscar no sólo a través de la competitividad comercial de la actividad agraria, sino también a través de la valorización de todos los servicios y bienes que el agricultor presta o puede prestar a la sociedad y fomentando las nuevas actividades económicas alternativas o complementarias a la agraria. Los "principios básicos" del desarrollo del medio rural (participación, procesos de decisión de abajo a arriba, subsidiariedad, compromiso de los beneficiarios, territorialidad, desarrollo integral, innovación, efecto demostrativo, continuidad, etc.) así como las herramientas de que precisa (apoyo técnico, formación, comunicación, etc.) se encuentran concentrados en la cooperativa, cuya actividad suele ser de ámbito comarcal, lo cual conviene también a las políticas de desarrollo rural. Por otra parte, la asunción de la multifuncionalidad y del desarrollo rural como objetivos de las explotaciones implicará en muchos casos que los socios se hagan cargo adicionalmente de tareas diferentes de las que normalmente realizan: la cooperativa puede facilitar que los agricultores asuman esta forma de "reconversión", y cubrir necesidades de formación que ésta requiere.