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Ponencias

INTERLOCUCIÓN SOCIAL EN LA AGRICULTURA ESPAÑOLA

Eduardo Moyano Estrada
Instituto de Estudios Sociales Avanzados de Andalucía (IESA). Córdoba
Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)


3. LA PRACTICA DEL SINDICALISMO AGRARIO

En este apartado nos centraremos en la práctica concreta de las organizaciones profesionales agrarias (OPAs), que son, como hemos señalado, organizaciones de naturaleza sindical que crean los agricultores para la representación y defensa de sus intereses generales. Analizaremos, primero, el modelo sindical que ha sido dominante durante el proceso de modernización productiva (1962-92), para, más tarde, analizar el actual contexto de cambios y ver cómo se adaptan las OPAs modificando sus estrategias, discursos y modelos organizativos.

Discursos y estrategias dominantes durante la fase de la modernización productiva

Puede señalarse que, en las tres décadas de institucionalización de las políticas agrarias de tipo proteccionista -cuyo ejemplo paradigmático ha sido la PAC en el periodo comprendido entre 1962 y 1992 -, las OPAs europeas han definido en términos generales una estrategia de acción colectiva que ha dado prioridad al ámbito de las instituciones públicas. La mayoría de las organizaciones que actúan en el ámbito de la Unión Europea, y salvo muy contadas excepciones -piénsese en las organizaciones francesas MODEF y Confédération Paysanne, o en la portuguesa CNA-, aspiraron a ser reconocidas como interlocutores por los poderes públicos para participar en las instituciones relacionadas con la política agraria y obtener así legitimidad ante sus respectivas bases sociales.

Esta estrategia fue coherente con un discurso ideológico modernizador que asignaba al Estado un papel relevante en el proceso de modernización, y con una base social identificada con un modelo dominante formado por el binomio explotación-viable y agricultor-profesional. También ha sido coherente dicha estrategia con el hecho de que gran parte de los factores que incidían en la renta de los agricultores (precios de garantía y ayudas públicas de diversa naturaleza) era determinada en instituciones pertenecientes al ámbito de la administración pública en sus distintos niveles (nacional y europeo), lo que hacía que las OPAs entendieran como eficaz una estrategia destinada a influir en dichas instituciones. Esta especialización de las acciones colectivas en el ámbito de las instituciones públicas implicó que se convirtiera en modelo organizativo dominante un modelo multisectorial y centralizado en una cúpula de dirigentes especializados en participar como interlocutores en las dinámicas de concertación con los poderes públicos. Este modelo actuaba, en muchos casos, como una especie de superestructura ideológica, en la que sus dirigentes respondían más al perfil de dirigente político, que al de líder sindical, y en la que era frecuente que se produjera una separación importante entre el nivel superior de la organización, eficazmente articulado, y sus niveles territoriales de base.

Sin embargo, a la hora de abordar el análisis del contexto actual, es importante señalar que los procesos de acción colectiva son procesos dinámicos que cambian como resultado de los cambios experimentados en el entorno donde los individuos y grupos emprenden sus acciones. individuales y colectivas. En el caso de los agricultores en los países industrializados, el contexto en que se desarrollan sus procesos de acción colectiva está cambiando como consecuencia del nuevo papel asignado a la agricultura y de las nuevas orientaciones que guían la política agraria desde mediados de los años 90 (Grupo de Brugge/Brujas, 1997). Tales cambios están teniendo importantes efectos diferenciadores en el sector agrario, que son los típicos efectos de diferenciación económica y social que acompañan al desarrollo capitalista y que el mantenimiento de las políticas proteccionistas había enmascarado su presencia en la agricultura al retrasar la plena integración de los agricultores en la economía de mercado. A continuación se dedicarán unas líneas a analizar ese contexto de cambios, para estudiar más adelante sus efectos sobre el sindicalismo agrario.

El contexto de cambios

Como es conocido, se está produciendo una redefinición del papel de la agricultura en el conjunto de la economía de los países industrializados, asignándosele al mundo rural nuevas funciones que van más allá de las que han sido sus tradicionales actividades de carácter productivo (de ahí, el principio de multifuncionalidad que se viene extendiendo desde hace unos años). Estos cambios no son de ahora, sino que vienen mostrándose de forma tendencial desde hace ya un par de décadas, justo desde que se alcanzó la autosuficiencia alimentaria en estos países y comenzaron a surgir las primeras contradicciones en el modelo de desarrollo productivista (excedentes agrícolas, deterioro del medio ambiente, endeudamiento de los agricultores, diferenciación entre regiones y entre tipos de agricultura, problemas relacionados con la seguridad en el consumo de alimentos,...).

Lo que sí puede verse como algo más reciente, es la repercusión directa que están teniendo tales cambios en las orientaciones y contenidos de la intervención estatal en la agricultura, de modo que estamos asistiendo a un auténtico proceso de reforma de los mecanismos de protección de que habían disfrutado hasta prácticamente hoy día los agricultores, y de los instrumentos utilizados por el poder público para regular el sector agrario (Delorme y Le Theule, 1996; Daugbjerg, 1997b, Grant y Keeler, eds, 2000).

Este proceso de reforma de la política agraria, que no es sólo característico de la Unión Europea, sino que afecta también a otros países industrializados, está siendo acelerado por un conjunto de factores que podríamos situar como externos al propio sector. En primer lugar, por las exigencias del contexto internacional, expresadas, primero, en la Ronda de Uruguay del GATT, concluida en 1996 en Marrakech, y más tarde en la OMC (Organización Mundial del Comercio), para la liberalización del comercio internacional (Alvarez Coque, 2001).

Junto a lo anterior, la necesidad de construir un nuevo orden económico internacional que regule sobre nuevas bases las relaciones Norte-Sur y permita la modernización de las economías fundamentalmente agrarias de los países en vías de desarrollo, está obligando a los gobiernos de los países industrializados a reducir los mecanismos de protección de sus agriculturas para evitar que los excedentes generados por ellas presionen a la baja los mercados internacionales de productos agrícolas. En este sentido, el compromiso contraido por la Unión Europea en la conferencia de Barcelona (1996) sobre el Partenariado Euromediterráneo, de crear una zona de libre cambio en la cuenca mediterránea, significa un nuevo escenario que afectará a los mercados agrícolas europeos, principalmente a los de los países meridionales (Desrues y Moyano, 1999).

En segundo lugar, la reforma de la política agraria en los países de la Unión Europea está siendo acelerada también por la necesidad de avanzar en el proceso de construcción europea, en dos sentidos. Por un lado, en el sentido de la ampliación a los países del Este (PECOs), que como se sabe son países con un sector agrario numeroso y poco modernizado, que exigirá grandes recursos en materia de políticas estructurales (Grupo de Brugge/Brujas, 20001): la reforma emprendida en 1992 y luego continuada en el marco de la Agenda 2000, va precisamente en la dirección de reorientar el gasto agrícola para asumir los costes de la ampliación a los PECOs. Y por otro lado, en el sentido de la incorporación de nuevas políticas al marco comunitario, sobre todo por la vía de la coordinación de políticas nacionales (investigación, telecomunicaciones, medio ambiente); tal incorporación supone la emergencia de nuevas policy communities que compiten con la comunidad agraria por los recursos europeos, y que le imponen restricciones para el uso agrícola de los espacios rurales.
En tercer lugar, habría que mencionar la creciente influencia de nuevos grupos de interés (consumidores, industriales, ecologistas,...) en la opinión pública y en la propia comunidad científica que, sobre la base de valores postmaterialistas (Inglehart, 1996), reivindican un nuevo sistema de regulación de la agricultura y el espacio rural, que prime más la calidad que la cantidad y que no tenga los efectos perniciosos sobre el medio ambiente y la seguridad de los alimentos que tienen los modelos basados en el productivismo a ultranza . La emergencia de nuevos actores económicos y socioprofesionales en el medio rural (ligados a nuevos sectores de actividad) constituye también un importante elemento de cambio por cuanto que socavan el protagonismo de los agricultores y sus organizaciones a la hora de definir el uso de los espacios rurales (Entrena, 1998; García Sanz, 1998; Giménez Guerrero, 1998); de hecho, en muchas comunidades rurales, los agricultores se han convertido en una minoría entre otras, y las élites agrarias han perdido la capacidad de influencia que les había caracterizado durante muchas décadas (Hervieu, 1997). A ello habría que añadir la diferenciación interna que se ha producido en el seno de la agricultural policy community (Daugbjerg, 1997b) como consecuencia de los cambios experimentados en los modelos dominantes de agricultura; de hecho, una vez sustituido el paradigma de la modernización productivista por el del desarrollo sostenible, se hacen funcionales modelos de agricultura que antaño eran condenados a la marginalidad, lo que ha significado una explosión de pluralidad en el seno del propio sector agrario y la asunción de protagonismo por parte de grupos de agricultores que representan esas otras formas de hacer agricultura (pluriactivos, agricultores a tiempo parcial, agricultores ecológicos, pequeña agricultura no modernizada,…) y grupos que reciben ahora un reconocimiento social y político dentro del discurso de la multifuncionalidad .

En cuarto lugar, por último, cabría mencionar como otro importante elemento de cambio -tal vez el de mayor envergadura por sus implicaciones a medio y largo plazo- el que deriva de la crisis del Estado del Bienestar que experimentan los países europeos occidentales y que está obligando a revisar muchos de los principios que han inspirado las políticas públicas, entre ellas los relativos a la política agraria y el desarrollo rural. Los problemas del déficit público y, sobre todo, del desempleo, pero también los relacionados con el deterioro del medio ambiente y la seguridad en el consumo de alimentos, se convierten en elementos a tener en cuenta en la necesaria reformulación de las distintas políticas públicas, entre ellas la reforma de la PAC (Grupo de Brugge/Brujas, 1997; Moyano, 2000).

Para los objetivos de este trabajo, me interesa destacar del contexto esbozado más arriba cómo los cambios experimentados en el papel tradicional de la agricultura y las nuevas orientaciones de la política agraria, están modificando también los discursos ideológicos de las organizaciones agrarias, así como sus modelos organizativos y estrategias de acción colectiva, obligándolas a adaptarse a esta nueva situación. Es precisamente sobre estos efectos sobre los que se centra el próximo apartado tomando como referencia el entorno del sindicalismo agrario de los países que componen la UE. Dado el carácter macro de esta aproximación, las reflexiones que aquí se presentan son resultado de un ejercicio intencionadamente de síntesis para superar la gran diversidad de las situaciones nacionales.